Maestros tradicionalistas
El profesor es el cimiento y condición del éxito educativo, a él le corresponde organizar el conocimiento, aislar y elaborar lo que debe ser aprendido, trazar el camino por el que marcharán sus alumnos. El profesor es modelo y guía, al que se debe imitar y obedecer. La disciplina y el castigo se consideran fundamentales, la disciplina y los ejercicios escolares son suficientes para desarrollar las virtudes humanas de los alumnos. Se piensa que el castigo ya sea en forma de amenazas, censuras, humillaciones públicas o de castigo físico estimula constantemente el progreso del alumno.
La clase y la vida colectiva son organizadas, ordenadas y programadas. El método de enseñanza es el mismo para todos los alumnos y en todas las ocasiones. El repaso entendido como la repetición de lo que el maestro dijo, tiene un papel fundamental en ese método.
La Escuela Tradicional se basa en este modelo y se fundamenta en la consideración de que la mejor forma de preparar al estudiante para la vida es formar su inteligencia, sus posibilidades de atención y de esfuerzo. Se le da gran importancia a la transmisión de la cultura y de los conocimientos, puesto que se creen útiles para ayudar al alumno a conformar una personalidad disciplinada. Esta postura domina la educación universitaria contemporánea.
La educación tradicionalista ha
sido y es, represiva y coercitiva en la parte moral, memorística en lo
intelectual, discriminatoria y elitista en el plano social, conformista en lo
cívico; produciendo un estudiante pacifista en lo intelectual, no creativo y
sin iniciativa. donde era solo dar lectura a esos acontecimientos pasados o el de realizar un simple resumen y hacer que esta materia se un gran aburrimiento , puesto que no se comprendía bien el hecho histórico
Las características de una nueva educación, como resultado de
la puesta en práctica de ideas innovadoras, pueden ser:
Una educación activa donde el
estudiante sea el centro del proceso.
Una educación fomentadora de
creatividad, donde el estudiante de manera sólida sea capaz de debatir,
argumentar racional y democráticamente determinados temas.
Para ello se debe partir del saber previo del
estudiante y negociar lo que el docente considera conveniente enseñar, teniendo
presente los intereses de los estudiantes, permitiendo de esta manera que se
respeten las ideas de los alumnos y de los profesores, y que a través del
intercambio o acción comunicativa se argumente y se construya un conocimiento.
Este accionar a
la vez que permite respetar las diferencias de opiniones, viviéndose la
democracia en el aula, resulta mucho más productivo que la simple transmisión
de contenidos, o lo que es lo mismo: frena el afán tradicional de dictar
clases, de transmitir los mismos contenidos copiados de los textos, y
seleccionados por el profesor, expuestos por el profesor y calificados por el
profesor, quien es “el que sabe” y es quien decide sobre las estrategias más
afortunadas para cumplir los objetivos que él misma ha diseñado
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